Rodolfo Segovia - Ex ministro. Historiador
La indignación con el régimen tributario colombiano aumenta en la mediada que se acerca la hora del pupitrazo en el Congreso. Será otra vez un acto de irreflexiva traición a la patria. Quien quiera ponerse al día sobre la vergonzosa situación local no tiene sino que acercarse al informe del Banco Mundial y PricesWaterhouse Coopers en www.doingbusiness.org/main/taxes.aspx Colombia se ubica entre los diez peores de 175 países analizados. Y eso sin contabilizar el sancocho ahumado en nubes de ignorancia supina, intolerable prepotencia y cabildeo corruptor que está listo para ser servido en las plenarias de Senado y Cámara.
El maloliente tinglado tendría menos importancia sino fuese por el empobrecimiento que acarrea. Cada vez es más clara la relación entre tributación y desarrollo. La defectuosa aplicación de impuestos, tanto en administración como en cuantía, es un freno al crecimiento económico. Contrariamente, la simplificación de esquemas tributarios racionales promueve sociedades prósperas.
El impacto llega no sólo por cuantía, aunque cuando, como en Colombia, se paga el 82,8 por ciento de impuestos, medido como porcentaje de las utilidades anuales de las empresas, el asunto aterra. También incide la facilidad en el pago. Según el informe citado, en el país deben hacerse, con intervención de la contabilidad, 68 abonos anuales. Para cumplir con los requisitos de cancelación se necesita un empleado de tiempo completo laborando durante tres meses. Atérrense, en materia de facilidad para pagar Colombia ocupa el puesto 172 de 175. Trabajo improductivo extra, que nada añade a la riqueza nacional.
El código tributario, al que se le están adicionando numerosos artículos más por cuenta del cabildeo, pasa de cinco mil parágrafos, cuando se le suman apartes e incisos. El lenguaje haría llorar a don Rufino José Cuervo. Y las circulares de la Dian lo harían gemir como una plañidera. Todo ese vocabulario requiere exégeta. Existe una nube de contabilistas y abogados especializados en interpretarlo y torcerlo, que, por supuesto, no añaden un ápice al crecimiento del Producto Interno Bruto. Tiempo del empresario y tiempo ajeno que quedaría mejor empleado si los conciliábulos de los ponentes de la legislación propuesta por el ingenuo Carrasquilla se hubiesen dedicado a simplificar textos y disminuir escalas, en vez de a complicarlos. Pero el subdesarrollo consiste en convertir en menos lo que ya de por sí es pequeño.
A todas estas, el informe del Banco Mundial no contempla la totalidad de las exacciones colombianas, que espesarían la jungla de timbres, Senas, Bienestares, seguridad social, Ica, anticipos, retenciones, renta, Iva, presuntiva y patrimonio, y que consisten en avisos y tableros, tasas notariales y de registro, estampillas, Cámara de Comercio y otra media docena de sutilezas. Con razón el pequeño empresario sale a perderse cuando le hablan de formalizarse.
En materia de complejidades administrativas y asfixia burocrática, traducidas al esquema tributario, Colombia es dignísima heredera del Imperio Español. Don Sancho Jimeno prefería enfrentarse a sanguinarios bucaneros, como lo hizo en Bocachica en 1697, a encarar los oficiales de las Cajas Reales y recolectores privados de impuestos. Lo enloquecía el almojarifazgo, la avería, los estancos y el quinto real con que la corona perseguía a sus súbditos. Total, lo mismo que hoy, pero con nombres más castizos. Entonces y ahora había que contentarse con paupérrimos índices de crecimiento económico. La moraleja del informe del Banco Mundial, que, para mal de muchísimos compatriotas tardará todavía en ser digerida por estos trópicos, es que los sistemas simplificados de tributación promueven el desarrollo.
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si ustedes saben lo complicado que es para cualquier empresa pequeña y formal el cumplir con estas obligaciones tributarias, ¿porque a nuestros legisladores nadie le ha abierto el entendimiento?